Jueves, 22 de enero de 2009
Estaba con alguien a quien quería mucho y conocía muy bien, aunque no habría sabido decir su nombre ni aunque le mataran, y de su rostro sólo sabía que no lo podría reconocer aunque quisiera, pero quería, y no podía. Juntos decidieron ir a la vaquería, porque estaban de vacaciones en un pueblo muy rústico, con paredes albeadas y marcos y puertas pintados de verde, aunque se vieran rojas y de color chocolate.

El pueblo seguía una pendiente que ascendía eternamente, zigzagueando, y las bonitas casas de pueblo, de aspecto cuidado y limpio, aunque abandonadas y destartaladas, reseguían el camino que cruzaba el pueblo en esa pendiente recta que lo cruzaba cuesta abajo. Las enredaderas y vides lo cubrían todo, y de vez en cuando alguna pequeña lagartija corría por las paredes hacia los tejados, para ocultarse bajo las piedras del camino.

A su paso los vecinos les contemplaban desde las ventanas vacías y los zaguanes desiertos. De repente llegaron a la cumbre, al final del camino. Y allí, en la cima, les esperaban un llano, un patio y una verja.

El llano era un prado inmenso, parecía abarcar el infinito allá donde se dirigiera la mirada, y en todos los puntos cardinales brillaba el Sol. El horizonte era una hermosa cordillera de color acero azul coronada de cumbres nevadas, y era un viaje sin final, siempre hacia la felicidad a través de lo hermoso.

El patio era pequeño, con pequeñas hierbas raquíticas creciendo como podían entre las baldosas, hiedra cubriendo las paredes que fueron blancas y un gato gris maullando lastimeramente desde lo alto de la tapia. Los ojos del gato eran amarillos. En un rincón había un montón de viejos muebles de jardín, oxidados y hechos un lío. Junto a una pared un viejo volkswagen escarabajo que alguna vez fue blanco y ahora de color óxido, sin ruedas ni motor, yacía muerto. Todo el jardín olía a viejo, a paz, a tranquilidad, al reposo de lo olvidado, olía a ya haber llegado y sabía a que aquello era todo lo que esperabas. Olía a la desesperación del no poder.

- Lo malo de la ambición es que hace falta muy poco para convertirla en frustración.

La verja era alta, aguzada, y al otro lado había un camino que llevaba a Méjico.

- Vale, eso sí es raro.

Y se dieron la vuelta, subiendo de nuevo por el camino, pasando entre los edificios y oyendo murmurar a los pueblerinos, que hacía mucho habían dejado sus casas.

Llegaron a la vaquería. Era un edificio viejo, regentado por una señora mayor y su hijo. Vendían vino que hacían ellos mismos abajo, en la vinatería llena de instrumentos de tortura medievales. Exprimían la fruta y llenaban con su vino con denominación de origen unas enormes botellas ondulantes de cristal rugoso traslúcido. En el salón la señora les enseñó cómo escarchaban la fruta que luego metían en las botellas, con el vino. Orgullosa, les enseñó varias botellas, llenas con su vino blanco, con fruta escarchada flotando en su interior: limones, plátanos, un melón. Había hasta un pimiento escarchado, acompañado de dos plátanos, en una grandísima botella de cristal verdoso.

A través de la ventana, mirando más allá de la señora, podía ver la calle, brillante, iluminada por el sol, radiante, sencilla. La ventana tenía visillos de cuadros rojos y blancos, y en la calle jugaban dos ancianos con un aro y un palito, mientras otro iba arriba y abajo en su bicicleta con ruedecitas auxiliares, persiguiendo lagartijas por las paredes y riendo con su boca desdentada.

Sonó la alarma, se miraron y decidieron que tenían que irse. Cogieron unas botellas, pagaron y se fueron.
Publicado por MazingEarl @ 9:01 PM  | Mosquitos muertos
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Publicado por uno
Martes, 17 de febrero de 2009 | 9:02 PM
Qu? pasa!
Gracias a ti, de coraz?n. No me asustes con lo del volante que hoy ha sido un buen d?a.

A tus pies

Toni