El teléfono zumbaba sobre la mesa, dando vueltas sobre sí mismo, pidiendo que alguien lo atendiera.
- Me ha mandado un mensaje -dijo, tras mirar un momento la pantalla.
- ¿Y qué te dice? -de fondo, reclamando toda la atención, algún programa en la tele.
- Nada, que qué me pasa.
- ¿Qué te pasa de qué?
- No, que el otro día estuve pensando en lo que pasó, y eso. Le voy a decir de quedar.
- ¿Quedar? ¿Para qué?
- Yo qué sé, para aclarar las cosas ¿no? Ver qué tal está, eso.
- Haz lo que quieras.
Silencio. Sólo un presentador soltando chascarrillos, y unos concursantes que le seguían la corriente.
El teléfono volvió a zumbar.
- Que dice que sí. Podemos quedar el jueves. ¿Me acompañas?
- ¿Cuándo?
- El jueves, si te lo acabo de decir.
- Ya, pero digo que cuándo el jueves.
- Temprano, a eso de las siete y media. En la estación.
- Ya, me imaginaba que sería allí. Lógico ¿no?
- Sí, también, claro. ¿Pero vienes?
- Es entre semana.
- Si, pero no entras hasta las once ¿no?
Sentados en un banco, esperaban a que llegara el tren. El andén estaba lleno de gente esperándolo. Sobre el andén, la gente corría por los pasillos aéreos, con prisas por llegar a trenes que se disponían a irse.
Junto a ellos, una señora miraba el vacío, sobre un delgado periódico gratuito abierto.
Llegó el tren. La masa se arrimó al borde del andén y empezó a gravitar hacia donde parecía que quedarían las puertas. La señora se levantó, dejó el periódico en el banco y se dirigió a una de las bandadas de gente que esperaban una puerta.
Era temprano, todo el mundo vivía con prisas de mañana, pero para ellos el tiempo parecía transcurrir despacio.
- Oye, yo te espero aquí ¿vale? -cogió el periódico abandonado y empezó a leerlo empezando por detrás.
- ¿No vienes?
- Me da mal rollo.
- Vale. Ahí está.
Se levantó, dirigiéndose a la figura que había salido por la última puerta del tren y esperaba en medio del andén. No se movió, pero le miraba fijamente mientras se acercaba.
- Hola.
- Hola.
- ¿Qué tal?
- No sé, dímelo tú. -hizo una pausa- ¿por qué qué querías que quedáramos?
Se hicieron a un lado para dejar paso a un grupo de rezagados que entraron al tren antes de que las puertas pitaran para cerrarse.
- Por saber cómo estabas, qué tal te iba, ya sabes, eso...
- Ya sabes cómo estoy. Igual. Esto no cambia nada.
- Si, ya, me lo imagino. Pero ya no duele ¿no?
- No, no duele, ni siento nada. Oye, esto es bastante molesto ¿sabes? ¿Hay algo que quieras decirme?
- Bueno... te echo de menos. Te echamos de menos.
- Si. Yo también, pero no se puede hacer nada ¿verdad?
- Verdad.
Las puertas pitaron.
- Oye, me tengo que ir. Cuídate ¿vale?
- Vale. Oye, que...
- Déjalo, ya no se puede hacer nada.
- Te quiero -dijo, al tren que se alejaba, en el andén vacío.
- ¿Qué tal ha ido? Ha sido rápido -dejó el periódico: algún otro lo aprovecharía.
- Sí, ha sido rápido. Bien, supongo. O sea, ya sabía cómo está, pero siempre quieres creer que... -se llevó la mano al bolsillo, palpándolo, y sacó el teléfono- mira, me manda un mensaje.
- ¿Ahora? Si hace nada te lo podía haber dicho...
- Sí, ya ves...
- ¿Y qué te dice?
- No, nada -miró la pantalla, triste.
"Sí, duele que me llames y pienses en mí. Seguid vuestra vida. No me llames. Por favor, déjame descansar en paz".