Era pequeño. Tendría unos cinco o seis años. Seguramente estuviera más cerca de los cinco que de los seis. Aunque ¿importa el tiempo cuando tienes esa edad? El tiempo es eterno, no tienes prisa, los días, las tardes, dan para todo y más, y no te preocupas por lo que pueda suceder. Entiendes los conceptos de bien y mal, intuyes que algo está bien o está mal, pero en realidad tampoco te importa si no te afecta a tí, a tu entorno inmediato.
El gato de la familia se paseaba por la baranda de la terraza. No sé cómo lo hacía, pero saltaba a la pequeña cornisa y recorría todo el piso por la parte de fuera. Era fascinante verle asomarse a la ventana de la cocina y aparecer, orgulloso, con el rabo en ristre, por la ventana del saloncito. A mi me daba unos sustos de muerte.
Un día le empujé. Sólo por hacerlo. En el momento de hacerlo sabía que estaba mal, pero lo hice igualmente, sin saber por qué. El gato se sorprendió, intentó mantener el equilibrio, revirándose. Desapareció de la vista.
En el momento me asusté, dándome cuenta de repente de lo que había hecho. Me iban a castigar. Corriendo, metí la cabeza entre los barrotes de la terraza y miré abajo, a la calle. El gato no estaba. Y yo no entendía nada. Le oí maullar. Llamaba desde la cocina. El endiablado había saltado y se había colado entre las celosías del tendedero. Esto lo supuse años después, al recordarlo. En el momento mi razonamiento infantil llegó a la conclusión de que el gato había hecho magia, o había volado.
Pasó mucho tiempo, mi mente maduró, mis valores se asentaron. El bien y el mal no eran solo lo que te pasara a tí, también incluían lo que pasara o hicieras a los demás. Me inculcaron que el mal lleva un castigo, me hablaron de la culpabilidad, de que no hay que hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a tí. Y tragué, claro. Como todos el el colegio, temía ese infierno del que me hablaban los curas, vestidos de negro de la cabeza a los pies, con un extraño cuadrado blanco en el cuello. Se dedicaban a eso, seguro que sabían de lo que hablaban.
Antonio, Toño, era el conserje del colegio. Siempre estaba de un lado para otro, arreglando estropicios, limpiando desastres, y era el único de todos los miembros del personal no docente que existía. Se hacía visible, los niños le saludábamos, medio con cariño, medio tomándole el pelo, por ser un auténtico paleto ignorante, un simple conserje. Nosotros no. Éramos niños bien, nuestros padres nos mandaban a un buen colegio de pago, "uno de curas". Éramos superiores. Eso no estaba bien, pero como Toño era un conserje, en realidad no estaba mal. El resto del personal actuaba en las sombras, fuera de horarios, eran invisibles. Nos encontrábamos las camas hechas, las habitaciones limpias, las papeleras vacías. Tanto daba si era el personal del colegio como si eran duendes. Aquello se hacía solo. Toño no. Toño estaba en todos sitios, a cualquier hora. Podías despertarle cuando quisieras, te cambiaba una bombilla, se llevaba una papelera, lo que fuera, allí estaba él, solícito, bamboleante, cojo, siempre con una sonrisa de ignorante en el rostro, su pelo grasiento peinado con los dedos y su camisa manchada.
Toño estaba arreglando una ventana que algún balonazo había reventado. Eso o cualquier otra cosa, en el momento no me importó, y ahora ni si quiera creo que importe. Total, Toño no era nadie. ¿Tenía familia? ¿Qué más da? Yo no les conocía, así que realmente no existían. Le vi allí, medio cuerpo colgando fuera, y me acordé del gato. Me hizo gracia, así que le cogí por los tobillos, levanté las manos y solté.
Segundos más tarde, Toño estaba en el jardín, tres pisos más abajo, estrellado.
Minutos después yo estaba en el patio, jugando. A él le encontraron por la tarde.
Aquella noche, en la cama, descubrí que, a pesar de haber hecho algo que estaba mal, no me importaba. Era plenamente consciente de que lo que había hecho no estaba bien, que era algo malo, una maldad auténtica. Había matado a un hombre solo porque sí, aprovechando un momento en el que no me veía nadie. Y me daba igual. No existía el remordimiento.
Y razoné que, si no te cogen, no hay castigo, porque podía hacer lo que fuera y no sentir la culpabilidad. Y esa impunidad era poder.
Han pasado años y he cogido lo que he querido de quien he querido, he quitado de en medio a quien me ha parecido. A veces porque eran un estorbo, a veces simplemente por la sensación de impunidad, de poder, de regodearme en mi maldad, en ser superior al resto del mundo que sí siente remordimientos, que siente la culpabilidad y que, aunque no les atrapen, llevan el castigo por dentro.
Ahora, bueno, ha fallado. Me han cogido. Y ¿saben ustedes una cosa? Me da igual. Si, lo que va a pasar me da igual, no me importa. Yo no me siento culpable, no sufro por dentro, y esto acaba pronto. Los que quedan tienen un vacío, muchos tienen muchos vacíos, y yo me voy sin importarme nada.
Puede bajar la palanca cuando quiera, siéntase todo lo culpable o inocente que su conciencia le permita.