Estoy sentado, deseando irme a casa.
Llevo sin dormir dos noches, sin descansar casi cincuenta horas.
Me estiro en la silla: me duele la espalda, me quiero ir y disfrutar el fin de semana.
Mi compañero ríe, como siempre. Está enfadado, los dos lo estamos. Pero él tiene derecho a gritar su rabia, y yo sólo tengo derecho a callar y obedecer.
Claro que eso no impide que raje y proteste igualmente.
Si hubiera podido ver el futuro en aquel momento...
Suena el disparo. Locura. Salto sobre la otra pierna, me obligan a sentarme.
Nadie sabe qué pasa. Profesionales de la guerra que no han visto sangre.
Quieren desatar la bota. Nadie tiene la presencia de ánimo suficiente para cortar los cordones. Tengo que pedir que lo hagan y no saben de qué les hablo.
La pierna está atravesada de lado a lado. Astillas de hueso se abrieron paso y saltaron por los aires.
Voy en volandas a la enfermería, los novatos, llegados hace una hora, se ponen pálidos a mi paso. La sillita de la reina.
Me ha salido otra articulación entre el tobillo y la rodilla y no duele. Es como si tocaran tambores en mi pierna.
De camino, me percato de una cosa: mi bota tiene un agujero.
Ahí sí me enfurezco. Rajo, grito, protesto, maldigo y condeno.
Para colmo, me rajan el pantalón para inyectarme los analgésicos.
Entre tanto caos, conservo un resto de cordura y recuerdo a alguien que la puerta quedó abierta, que alguien la cierre. Entre tanta locura y mareas de dolor que empiezan a subir, tengo un punto de solidez en el mundo cuando, en el ambulancia, mi amigo me toma la mano y la sujeta, negándose a dejar que me vaya.Luego ya empieza el infierno en vida y la broma de la vida que me gastó Dios.