Es una historia corriente, especial sólo para sus protagonistas.
Como todas las historias cotidianas.
Se conocieron -el cómo ni el dónde no importa: lo importante en esta historia son los hechos- y ahí empezó todo.
Pero digamos que iban por la calle y digamos también que sus vidas se cruzaron en medio de un paso para peatones.
Una mirada, un sentimiento de posesión y ya estuvieron juntos para siempre.
La posesión, el cariño, la necesidad mutua, amor, lealtad y devoción. ¿Qué, si no, es lo que hace grandes a las grandes historias?
Un beso, una caricia, el no necesitar decir nada para decir te quiero, el que los silencios sean elocuentes, desear la presencia cercana del otro. ¿No es esto lo que "cantan los poetas"?
Pero hay cosas que los poetas no cantan y no son cosa común en las grandes historias, pero esto es una historia corriente, una historia de hoy, de ayer y que pasa cada día mil y una veces.
Esos momentos tristes en los que hay gritos, malas palabras, sentimientos que amargan la garganta y que, si piensas en ellos, sabes que siempre volverán a tí cuando no los esperes y te harán cerrar los ojos, sentirte culpable y desear que no hubieran pasado jamás. Pero no quieres que ni tu culpabilidad ni tus remordimientos se vayan, porque son tuyos, te los mereces y te mereces su castigo.
Desear no haber dicho cosas que dijiste, desear no haber hecho cosas que hiciste.
Y también desear haber dicho cosas que no dijiste, desear haber hecho cosas que no hiciste.
Luego, con el tiempo, cuando ya no está y tú sí, seas quien seas, eso duele.
Pero siempre, siempre, recuerdas con una sonrisa en la boca y algo que ilumina tu alma esa historia que para todos es corriente, cotidiana, y que para tí es la más grande historia de la Historia.
Y yo le recuerdo cruzando aquel paso de peatones, despistado, perdido, sediento y hambriento, moviendo su cola alegre. Recuerdo a mis cuatro.