El dibujante había tenido otro día agotador. Fechas de entrega, exigencias ajenas y propias. Esto no, aquello sí, así no, hazlo así, esto no me gusta, no me gusta lo que he hecho, no me gusta lo que has hecho, repítelo. No sé qué dibujar, no tengo la inspiración, mancho el papel, rompo el dibujo, tíralo, no me sirve.
Todos le dicen "qué bien, trabajas en lo que te gusta, qué suerte ¿no?" y todas esas sandeces. ¿Qué sabrán ellos? Hacer lo que te gusta, si es una obligación, a veces no es hacer lo que te gusta. ¡Que me lleven los demonios, soy un artista! ¿Por qué le cuesta tanto crear si es un creador?
Contempló su obra, satisfecho. Era una de esas veces en que le pedían algo que le gustaba hacer. Le habían encargado que dibujara algo clásico, pero un momento antes de que sucediera. Antes de la clásica lanzada.
Había dibujado al caballero en pose atrevida, descabalgado y en pie junto a su palafrén, herido de muerte durante el combate. La vaina vacía, la espada y el escudo rotos en el suelo. Pero el héroe se revolvía, tomaba la lanza y la enfrentaba al Oponente, orgulloso y retador, sabedor de su victoria, sin saber lo que ocurriría en breve.
Jorge era un auténtico héroe que no cejaba ni se rendía, se adivinaba la victoria.
Se levantó del banco, estiró los miembros, crujieron las articulaciones. Tras de sí, apagó las luces. Estaba por cerrar la puerta cuando lo oyó.
Un gruñido que no es gruñido, una voz que no es voz, un idioma que no es idioma, palabras pronunciadas sin lengua.
Pasos. No, pezuñas. No, pies descalzos.
Y recordó, recordó lo que había leído una vez, que representar a según quiénes sin atarles era invocarles. Sin atravesarles con la lanza.
Cerró la puerta tras de sí, no volvió a dibujar jamás.