El náufrago contaba los granos de arena. Poco más tenía que hacer. Ante él sólo pasaban la luna, las estrellas y las olas. Con su esperanza ahogada dentro, la botella volvía cada marea, como una amante despreciada que no aceptara su destino.
Una noche la luna le saludaba con su cara redonda, el mar cantaba sin sirenas y su palmera le abanicaba en su descanso.
Y el náufrago contaba la arena de la playa.
Y vio una luz. Un reflejo entre las olas. Las velas blancas relucían, espejo de la luna. La fosforescente estela era una cicatriz en el agua.
Y el náufrago saltó, y abrigó esperanzas, y besó a la botella, abrazó a la palmera, y trepó por ella, apartó los cocos y gritó.
El náufrago aullaba, el barco cabalgaba las olas, cortaba el mar y lo marcaba con su estela, y giraba, y cambiaba de rumbo.
Y por la mañana, el náufrago siguió contando granos en la playa.