El orfebre, inclinado sobre una de las hebillas que estaba labrando, detuvo su labor un momento y levantó la cabeza. Posó los ojos cansados sobre su mujer, que cosía a su lado, remendando unos calzones.
Estiró la mano y acarició el vientre abultado. Faltaba poco, estaba a punto. Ella notó la caricia y le miró, sonriendo. Se inclinó hacia su rostro y ella se acercó. Se encontraron a medio camino.
Había recibido la noticia de su embarazo primero con miedo, luego con alegría. El tiempo pasó y vio a su hijo creciendo dentro de su esposa, lo sintió, con un gesto acarició a ambos, notó cómo se movía, sintió orgullo, albergó esperanzas, hizo planes de futuro, soñaba junto a ella con lo que sería.
Cuando vio pasar las sombras y dónde se dirigían volvió sobre sus pasos, corrió a su casa, a su barrio. Daba igual cuánto corriera, que sabía qué encontraría, que no llegaría. A tiempo.
De rodillas en el suelo, entre maderos negros que le quemaban la piel, apartó una viga requemada y vio la momia reseca y humeante que habían sido ella y él. De un golpe, el fuego de los dragones franceses le habían arrebatado todo. Todo.
Ninguna lágrima lavó surcos en su cara. No en aquel momento. Primero la venganza o la muerte, ya habría tiempo para llorar o estar muerto.
Y recordaba su vientre, los latidos de dos corazones que ya no eran más.