Se acurrucó más contra la pared, arrebujándose en su capa. La fina lluvia calaba la vieja prenda, pero era lo que tenía. Allí, de pie, esperando durante horas a que pasara algo, o alguien. El aburrimiento era mortal, el hambre punzaba sus tripas y casi le parecía que despertaban ecos de gruñidos en el solitario callejón.
Las pesadas botas de soldado, recuperadas de no recordaba ya dónde, le hacían daño en los pies, y ya las tenía empapadas. Volvió a resbalar y de nuevo volvió a recuperar pie, protegiéndose todo lo que le permitía su cuerpo y la pared bajo el escaso umbral. No se atrevía a apoyarse en la puerta, no fuera a ser que alguien le dijera algo.
Cada noche lo mismo, cada noche esperando para, al final, ir a parar al jergón y rendirse al sueño durante unas pocas horas, antes de volver a iniciar el quehacer diario, sus obligaciones.
Y cada día tener que soportar las miradas despectivas. Soportar el desprecio de una sociedad que, en realidad, necesita lo que hace y lo agradece con desprecio y hasta temor, en ocasiones. Y sentir que lo hace porque debe hacerlo, porque no le queda otra, y aguantar cada noche con su guardia, su vigilia, haga frío o calor, llueve o truene, granice o no.
Pase lo que pase, incluso con el jaleo de los últimos días, allí tenía que estar.
Se acercaba alguien. Pasos. Se libró de la capa, haciendo lo que debía, mostrando sus armas, su piel ya ajada por los años y una sonrisa cansada:
- ¿Qué tal, encanto? ¿Buscas compañía?
El trasnochador, envuelto en su capa y con los ojos cubiertos por el sombrero, se quedó mirándola y empezó a desembozarse.