La vela semimuerta ilumina a duras penas el escritorio. El papel me mira, esperándome, y yo muerdo la pluma. Sabe a rancia, a viejo. Como yo. Me desespera estar muerto por dentro, haberme vaciado. Me angustia lo estrecho que estoy dentro de mí mismo. Sin espacio para nada más que para la visión terrible de que no hay nada que ver.
Donde debería haber un alma hay una nada que lo llena todo.
Llevo así horas. No, días, o semanas. No lo sé. Abandonado a mi estúpida hoja de papel, a mi pluma ahogada en tinta mil veces cada día, afilada de nuevo, rascando tímida el papel para no parir más que...
Nada.
Nada.
Nada.
No he oído crujir el suelo, ni gemir la puerta. Los viejos escalones no hicieron ningún ruido, Seña Dolores no gritó su saludo a nadie.
Pero llega. Sus manos, frescas, recorren mi pecho, se introducen bajo el tejido y juegan con mi vello. Su aliento, cálido, roza mi nuca, roza con su mejilla mi oído y noto la presión de su cuerpo en mi espalda. Cedo, me rindo, me entrego.
Me susurra al oído, la nada se va, vuelve el cuentacuentos, renazco, el vacío dejado por la nada vuelve a llenarse de mí, de mis sueños, de mis miedos.
¡No!
Así no. Arrugo el papel cubierto de sueños en tinta negra, lo arrojo contra la pared. Retrocede, asustada, golpeada en el rostro en mi arrebato de furia. La sujeto por los hombros delgados, la sacudo, su cabello le cubre el rostro.
Ahora no, así no. Me abandonaste, ¿por qué sólo cuando tú quieres? ¿Por qué mis deseos quedan insatisfechos? ¿Por qué acudes sólo a mí cuando tú lo quieres? ¿Sólo ha de importar tu deseo, tu ardor?
La aparto de mi, cae de espaldas, llora, lloro. Vuelvo a sentarme, otra hoja vacía me mira, y mis lágrimas la manchan.
Pequeñas monedas sin un rey en ellas.
Aún lloro cuando la musa se va, rechazada, y el cuentacuentos sólo puede ser un triste cuentagotas de papel.