El joven oficial se puso sus mejores galas. La pulcra casaca cepillada, perfectamente limpia y sin una sola arruga. El cuello abotonado le aferraba, inmisericorde, el cuello. El correaje brillaba, pulido con esmero. Sus inmaculados pantalones de montar parecían de nieve, tan blancos como estaban, encerrados en las altas botas de montar, limpias y con tanto brillo que parecían de charol. Las estrellas de las espuelas contrastaban con la silla, repicaban a cada paso del caballo.
El barbuquejo le daba un aire adusto, ciñéndole el rostro. Sombríos era sus pensamientos. La mano derecha orgullosamente apoyada en su cadera. El izquierdo controlaba, experto, las riendas del animal. Sentía el movimiento a su alrededor, cómo le miraban en su paso, miradas de admiración, de curiosidad. Notaba la vaina del pesado sable de caballería golpeándole el muslo. Su solidez le servía de ancla, era un lugar del que agarrarse y no perderse. Podía concentrarse en él para no dar la vuelta y cambiar de opinión, huir, escapar del lugar de donde iba.
En peores bregas he estado, pensaba. Era un dragón del Emperador, joven pero curtido. Estaba preparado para cargar contra el enemigo, para perseguirle y aniquilarle, para cortar sus filas sin piedad, sin temor a morir. Y sin embargo, nadie le había preparado para esto. Nada.
Llegó a su destino y descabalgó. Entregó las riendas a un sirviente y, por primera vez desde que entrara en los dragones, sintió que le temblaban las rodillas. Ni siquiera en la peor de las campañas había sentido el sudor frío bajándole por la columna. Se obligó a avanzar, pensando, nervioso, cómo hacer lo que había venido a hacer, cómo plantearlo.
- Estimado señor, parto a la campaña de España y me preguntaba si podría hacerme el honor... no, ... si podría honrarme permitiéndome... no, si me haría usted el inmenso honor de darme su permiso para escribir a su hija.
Le abrieron la puerta, y el oficial de dragones sólo pudo tartamudear antes de dar su tarjeta.