Era su primer día de clase. Nueva ciudad, nuevo curso, nuevo instituto. Volver a iniciar, de nuevo, las relaciones, las amistades, los vínculos. Conocer a compañeros, a profesores. Conocer las distancias que habría de mantener con cada uno. Aprender de nuevo los caminos, los senderos, los atajos para establecerse en una nueva comunidad, en otra sociedad.
Turno de tarde. Saludó a sus compañeros y compañeras del curso anterior. A los que habían pasado. Risas, empujones, abrazos, sonrisas. Otro año más manteniéndose al quite, sin bajar la guardia. Profesores viejos, profesores nuevos, nuevas asignaturas, algunos compañeros nuevos. Suena la campana, pereza de clase en la sobremesa, escoge un pupitre y se sienta para pasar los primeros tres cuartos de hora de otro año eterno.
Sueño, bostezos. Somnoliento, se sienta en su pupitre. Han borrado el dibujo que hizo, aburrido, en tercera hora mientras la pesada de la casi retirada profesora daba, sin ceremonias ni presentaciones, la introducción de los temas uno a tres. Le molesta que borren sus dibujos. Limpia los restos de la mancha de borrón de mina en la superficie de formica de la mesa y se dispone a pasar otra mañana que dure una vida.
Quien sea que utiliza “su” pupitre durante el turno de mañana es un guarro. Otro dibujo, otra vez a restregarlo con un pañuelo de papel, a borrarlo y a dejar la mesa inmaculadamente limpia. Le gusta el orden, no le gusta que le ensucien la mesa.
Alguien de la tarde no respeta su forma de expresarse. Han vuelto a aniquilar el resultado de la clase de Biología. No sabe por qué, pero está frustrado. Se siente como si levantara puentes durante la noche sólo para que los bombardeen durante el día. Cuando se aburre, vuelve a dibujar. Pone una nota al pie.
¿”No me borres”? ¿Por qué no iba a borrar un dibujo idiota de “su” mesa? Si quiere tener una mesa limpia, tiene derecho a tenerla. Coge el pañuelo y lo humedece con la boca. Empieza a borrar el dibujo, pero algo en los ojos de la formica le pide clemencia. Se detiene. Deja el pañuelo, coge el lápiz.
”¿Por qué no?” Le pregunta el dibujo a medio borrar. Lo sana, lo completa, lo modifica. Es otro. Los ojos, los mismos.
“Porque no te he hecho nada” La respuesta le intriga. Se pregunta quién será el raro que dibuja en “su” mesa. Muerde la cabeza del lápiz y medita una réplica.
“La mesa no es solo tuya”, responde él a lo que Tarde le dice. “La compartimos, es de los dos”.
“Pues no la ensucies”. Entretanto, el dibujo ha crecido, se ha extendido y cubre casi un cuarto de la superficie de formica.
“Perdona”. El dibujo no ha crecido, pero Tarde ve cómo Mañana ha empezado a repasar los contornos con tinta. Con cautela, pasa el dedo. No se emborrona. No mancha. Tiene cuidado de no emborronar el resto del dibujo. Pero no contesta.
Un lunes el dibujo ya no está. El bedel lo ha exterminado a base de frotar. Cuando al día siguiente Mañana llega a clase, la mesa tiene un mensaje para él.
“Dibuja algo”.
“¿Quién eres?”
“Por favor”.
“Dime quién eres”.
“Soy Tarde, dibuja algo”.
Lo dibuja.