Ha anochecido. La tarde se le ha echado encima y, sin saberlo, ha pasado un día más. No le importa. Ni tan siquiera piensa en ello. Es sólo un día más de toda la vida que tiene por delante. Es un niño y no piensa en el tiempo que le queda o ha dejado atrás, simplemente lo vive.
O no suele hacerlo. Ha de cruzar el pasillo, a oscuras. No quiere dar al interruptor, no quiere dejar oscuridad tras él. No quiere recorrer el pasillo negro, frío. No quiere pasar junto al espejo que hay a mitad de camino, porque le dan miedo las cosas de la oscuridad que le estarán siguiendo. No quiere verlas en el azogue, a su espalda.
Deja la luz encendida, así no le seguirá nadie. Llega a la cocina, le ordenan volver y apagar las luces. Protesta, rezonga, no dice por qué no quiere dar la vuelta y encender la oscuridad. Le avergüenza su miedo.
Llega a su dormitorio, mira los dibujos con que ha consumido la tarde, camina hacia la luz. Tira del cordón.
La lámpara muere.
Algo siseaSe hace la oscuridad.
Hay cosas que se arrastranLas cosas salen de lo negro.
Cosas. Malas. Vampiros. Diablos. Demonios. El Diablo.
Se apresura. Corre, corre, corre. Algo le oprime el pecho, no quiere respirar, no quiere correr, no se atreve a correr, no puede mirar atrás, no quiere ver una mano pálida, de dedos delgados y uñas brillantes, afiladas. El corazón quiere apresurarse, la espalda quiere correr más que el pecho, las manos tiemblan, se estiran hacia el interruptor del pasillo. "Luz, luz, luz", no mirar atrás, ignorar el espejo, llegar antes que las cosas.
Una mano al extremo de un brazo esquelético, muerto.
Llega a la cocina, llega a la luz, ríe aliviado, sonríe a sus padres, les tranquiliza con la mirada: no ha pasado nada, seguid tranquilos, no sabéis lo que acecha en la oscuridad cuando eres un niño.
Un día crecerás y dejarás de correr, le susurran cosas en sus sueños.