Voy por la calle, camino.
Me gusta caminar.
Me gusta evitar el metro, el bus, las apreturas, los empujones.
Me gusta la gente, me gusta ver cómo son, cómo actúan, qué hacen. Todo el mundo va a la suya, a su aire, pensando en sus cosas y yo soy un mirón, les observo y ellos no lo saben, no saben que grabo en mi mente esa fracción de vida que viven cuando pasan junto a mí, cuando nos cruzamos. Y entonces me imagino cómo son, qué piensan, a dónde van, dónde han estado. Entonces me permito el lujo de juzgarles, me creo con derecho de criticar lo que hacen, cómo van, qué llevan. Esa pija, ese idiota, esa maruja, ese gorila, esa vieja criticona, ese viejo verde, esa beata, ese chulo, esa guarra, ese friqui, ese gordo, esa cría consentida.
Esa que discute con el móvil. Alguien, al otro lado de las ondas, de repetidores, de un cable, de una pantalla. ¿Ella? Discute, grita en voz baja al auricular. Escucho. Manda ál móvil a la mierda, le cuelgan. Llora, se cubre los ojos con las manos, el móvil atrapado en su puño.
Es hermosa, una preciosidad. Me inspira dulzura, quiero hablarle, quiero tranquilizarla, quiero protegerla. La quiero.
Quizás, sueño. ¿Puede ser ella? ¿Habré pasado toda mi vida esperándola a ella? ¿Esperando esa melena de miel? ¿Buscando esa piel clara, suave al tacto de los ojos? Quizás... sí, me necesita. Pobrecilla, pobre princesa de caramelo.
Me acerco a ella, yo, en nuestro momento, el momento en que nos conocimos, que recordaremos siempre, toda nuestra vida.
- Perdona ¿Estás bien?
- ¡¿Y a tí qué coño te importa, gilipollas?! ¡Piérdete, joder!
Voy por la calle, camino, me gusta caminar, me gusta evitar el metro, el bus, las apreturas, los empujones, me gusta la gente, me gusta perderme entre la multitud hasta que se me bajan los colores.