Crecimos juntos. El jardín de infancia... subíamos las escaleras a la carrera, cuando llegábamos del cole. Las rebecas atadas a la cintura, sujetando las mangas e imitando el ruido de las motos que fingíamos ser. Motos subiendo escaleras. ¿Lo recuerdas? ¿Te lo puedes imaginar, ahora?
Acabamos la preescolar y nuestros padres nos enviaron a colegios distintos. Y, al llegar, siempre nos veíamos y pasábamos la tarde jugando. Los dos, inseparables.
Fidelidad infantil.
Y seguimos creciendo. Juntos, los dos. A veces, dormíamos juntos. Tú en mi casa o yo en la tuya. Claro, hasta que alguno de nuestros padres decidió que eso ya no era apropiado.
Pasaron los años, pasó el colegio, pasaron los campamentos, el instituto... y despertamos a nuestros corazones, a nuestros sentimientos, a nuestro bagaje hormonal. Cuchichéabamos, reíamos, nos decíamos quién nos gustaba y quién no.
Y yo, todo ese tiempo, te mentía, porque quien de verdad me gustaba eras tú. Te miraba y, aunque suene a refrito de poesía barata, me perdía en tus ojos verdes, me hubiera dormido mil veces oliendo tu melenita rubia, tus rizos, deseaba, deseo besar, morder tus labios.
Pero siempre, entre tanto "ji ji" y "ja ja", te mentía y disimulaba, porque soy tu amigo.
¿Por qué no seguí viviendo esa mentira? ¿Por qué tuve que confesarte que primero te deseé y luego te amé? ¿Por qué tuve que abrirme? ¿Qué estúpido demonio me tuvo que meter la absurda idea en la cabeza de que quizá había una esperanza?
Porque, al final, te lo confesé, te lo dije todo. Te dije que te deseo, que te amo, que eres mi todo.
Lo peor de todo es la cara con que me miraste. ¿Qué esperaba? ¿Sorpresa? ¿Agrado? ¿Correspondencia? ¿Ilusión? Todo eso, sí. También lo que ví: vi asco. Y lo último que me dijiste, lo leí en tus ojos antes de oírlo de tu boca adorada.
- Maricón.