lunes, 18 de septiembre de 2006
era un bueno. Un héroe de los de centelleante espada al cinto, sonrisa audaz y pícaro bigotillo. Cabalgaba sobre un corcel blanco de crines doradas, andar orgulloso y elegante y que respondía al nombre de Caballo. Recorría los caminos liberando y enamorando doncellas, entablando duelos y derrocando a usurpadores de sus hermanos reyes, duques y condes. Su nombre era Heroico.

También érase que se era un malo. Un villano malvado de los de envenenada daga en la bota, risa escalofriante y bigotillo sospechoso. Viajaba en una carroza negra guiada por su feroz y estúpido secuaz, que respondía al nombre de Lacayo. Viajaba por los pueblos y ciudades secuestrando y amedrentando doncellas, arrebatando feudos y ayudando a hermanos de reyes, duques y condes a usurpar los títulos fraternos. Su nombre era Maléfico.

Sucede que también había una princesa. Era una princesa del montón: la más hermosa doncella de su reino, hija única de un rey y todos los nobles la pretendían con intenciones que, la verdad, las más de las veces no podían decirse que fueran tan nobles. La princesa, de rubia cabellera trenzada y (demás rasgos definitorios de su hermosura que no vamos a entrar a describir sino que resumiremos como "todo eso") todo eso soñaba con casarse con uno de esos héroes de los cuentos, centelleante espada al cinto, sonrisa audaz y, quizás hasta un pícaro bigotillo, rechazando a todos sus pretendientes con un desdeñoso y característicamente principesco comentario:

- No me impresionáis.

Su nombre era Preciosa.

Pero sucedio que Maléfico pasó por el lugar y, claro está, a la hora de secuestrar y amedrentar a alguien, escogio a la princesa Preciosa. Y, dicho y hecho, Maléfico se dirigió al Castillo del Rey (que se llamaba Rey, Rey IV) y, ayudado de Lacayo, eliminó a los dos anónimos guardias de la entrada del castillo (no tan anónimos: se llamaban, por si hay algún interés por las familias, Guardia Izquierdo y Guardia Derecho):

- Lacayo -llamó en susurros Maléfico a su secuaz.
- Decidme, vuestra Vil Señoría -Lacayo no tenía muchas luces, pero sí un amplísimo vocabulario para referirse a su jefe.
- Tú encárgate del Izquierdo, y yo lo haré del Derecho -y es que, aunque a nosotros no nos importen demasiado los nombres de quienes no son sino meros figurantes, hay que reconocerle a Maléfico que cuando se informaba antes de hacer algo, se informaba a fondo.
- Como ordenéis, magnífica Maledicencia -y es que, a pesar de tener un amplísimo vocabulario para referirse a su jefe, lo cierto es que Lacayo no sabía muy bien lo que significaban todas aquellas palabras.

Y Maléfico y Lacayo llegaron a las estancias de la princesa Preciosa. Sigilosamente, para no alertar a la guardia de palacio, Lacayo tiró abajo la puerta de una patada.

- No se pueden tirar las puertas a patadas y hacerlo sin hacer ruido.
- Lacayo sí puede.
- No, no se puede.

Pues Maléfico y Lacayo llegaron a las estancias de la princesa Preciosa. Sigilosamente, para no alertar a la guardia de palacio, Lacayo forzó la puerta con una ganzúa.

- Preciosa, soy Maléfico y vengo a secuestrarte -dijo Maléfico a la amedrentada princesa.
- ¿Quién sois y cómo sabéis mi nombre? -preguntó redundantemente Preciosa.
- ¿Os ruego me disculpéis? No sé vuestro nombre, preciosa, y ya os he dicho que soy Maléfico.

La princesa miró, más extrañada que amedrentada, a Maléfico y, por fin, contestó:

- ¿Cómo podéis decir que no conocéis mi nombre y sin embargo llamarme por él? ¡Soy Preciosa, hija del rey Rey IV, y os exijo que os presentéis adecuadamente y que luego os retiréis!

Maléfico empezaba a perder la poca paciencia que tenía.

- Preciosa, gracias por decirme vuestro nombre, ya que ahora sabré a quién estoy secuestrando además de a la princesa de la región, pero ya os he dicho en dos ocasiones que soy Maléfico y, la verdad sea dicha (sin que sirva de precedente), no pienso repetirlo.
- Ya sé que sois maléfico, puesto que decís que venís a secuestrarme y vuestro secuaz...
- Lacayo, me llamo Lacayo -interrumpió a Preciosa Lacayo.
- ¡Calla, Lacayo, estamos hablando los interesados! -dijo Maléfico al tiempo que acollejeaba a su secuaz Lacayo.
- ¡Ay! ¡Sí, como ordenéis, Vuestra Calamidad!
- ...decía -continuó Preciosa tras la interrupción...
- ¿Y yo? ¿Yo qué hago? ¡Me estoy aburriendo! -dijo Heroico.
- Espera que terminemos -siguió Preciosa- ...decía que sé que sois maléfico, puesto que venís a secuestrarme y tiráis abajo la puerta de una patada.
- La he forzado con una...
- ¡Lo que sea! ¿Cómo os llamáis?
- Se llama Maléfico, su nombre es ese -acabó respondiendo Lacayo, cansado de la situación previsiblemente interminable justo antes de ser acollejeado por Maléfico.
- Bueno, sea como sea, no me impresionáis.

Y, tras las presentaciones, Preciosa fue, por fin, secuestrada por Maléfico y llevada a la torre que a tal efecto había dispuesto por la zona.

En palacio todos estaban como locos. Decenas de cientos de miles... bueno, todos los soldados de la guardia estaban recorriendo palacio arriba y abajo. El rey Rey IV estaba desesperado, y los informes eran contradictorios:

- Han matado a dos compañeros.
- No han matado a ninguno.
- No se sabe qué ha pasado con los dos guardias de la puerta.
- Tiraron abajo la puerta de las estancias de la princesa.
- Forzaron la puerta de las estancias de la princesa.
- Nadie oyó nada.
- Yo oí cómo tiraban abajo la puerta de la princesa, pero luego la forzaron y no oí nada.

Por fin, después de un tiempo angustioso, en el horizonte de la campiña, entre campesinos y labriegos que iban a labrar la tierra, señoras que llevaban sacos de trigo al molino, pastores que guiaban sus rebaños y perros que tiraban de carros de leche, alguien logró distinguir una figura que montaba un caballo de andar orgulloso y elegante, y avisó al rey Rey IV, que envidió primero la vista de aquel vigía y luego ordenó que le trajeran al héroe que el destino había tenido a bien llevar a su reino.

Entretanto, Princesa se entretenía esperando que la cabellera le creciera lo suficiente como para hacer como en los cuentos y a que llegara su héroe. O, al menos, alguien que la rescatara. Miraba por la ventana de su torre y suspiraba por su libertad y por un héroe de las leyendas:

- ¡Ayns!

Maléfico la retenía en la torre, planeando formas de amedrentarla y obligarla a casarse con él y a tener muchos hijos.

- No, para casarse y tener muchos hijos no. Para matar al bueno.

Maléfico la retenía en la torre, planeando formas de amedrentarla y obligarla a, sin ella saberlo, hacer de cebo para así matar a algún héroe y ser el último en reír maléficamente.

Lacayo limpiaba la carroza y dejaba de ser relevante para nuestra historia.

- Adiós, hasta mañana a todos.

Mientras Preciosa languidicía, langedecía, lang...

Mientras Preciosa esperaba muy triste en la torre a su héroe, nuestro héroe, que es el mismo que el suyo, acudía a la llamada del rey Rey IV en su Castillo del Rey.

- Alteza Majestad, soy Heroico y vengo a rescatar a vuestra hija, sobrina o ahijada según sea el caso de la doncella secuestrada de la región. Este de aquí es mi caballo Caballo -el inteligente y elegante corcel hizo una reverencia- y me acompañará, llevará más bien, al rescate de... ¿a quién han secuestrado?
- Quedido muchacho Hedoico -despondió el Dey- os agdadezemoz en gdado zumo que hayáiz acudido en nueztda ayuda y oz pdotedemoz fama y glodia zi logdáiz dezcatad a nueztda hija.
- La tarifa usual será suficiente, majestad. Con la mitad del reino para dilapidarlo y vuestra hija para casarme con ella me conformo -Heroico sonrió audazmente.
- Pedíz lo juzto, zea. Hemoz hablado, palabda de Dey. Ahoda vete.

Y, venga, Heroico llegó a la torre y Maléfico y él sacaron sus armas y cruzaron sus aceros.

- Eh, espera, yo no tengo espada.

...

Heroico llegó a la torre y se encaró a Maléfico, que corrió a empuñar una espada que colgaba en una pared, cruzada con otra bajo un escudo de blasón olvidado. Heroico desenvainó su espada y él y Maléfico cruzaron sus aceros.

¡Roc toc toc poc toc toc poc poc! Resonaban las espadas al entrechocar, chispas como astillas saltaban al golpear las armas, al arremeter y defenderse, al lanzar estocadas y detenerlas.

- ¡Tchin chin chin tchin! -dijo Heroico.
- ¡Chinchinchinchin! replicó Maléfico.
- ¡Oh, mi héroe! -suspiraba la princesa Preciosa.

A medida que el enfrentamiento se prolongaba, corrían las horas e iba anocheciendo. Heroico parecía perder terreno ante Maléfico, que le acorralaba escaleras arriba. Los dos luchadores estaban muy igualados, pero Maléfico empezaba a ganar terreno y el resultado final se pintaba siniestro.

De repente, cuando nuestro héroe parecía ya totalmente arrinconado, de un salto emprendió el vuelo, lanzándose en un acrobático triple tirabuzón hacia la araña del techo.

- ¿Hay una araña? -preguntó, asustada, Preciosa.
- Es una lámpara, se llaman así -la tranquilizó Heroico.
- ¡Eh, no se vale volar! ¡Además, no puedes volar! -protestó, tan indignado como frustrado el malvado Maléfico.
- Sí que puedo, soy Heroico.
- ¡Pues si tú puedes volar, yo te disparo un rayo de magia!
- ¿Magia? ¡No vale usar magia! ¿Cómo vas a usar magia?
- ¡Pues sí puedo, porque soy Maléfico, idiota!
- ¿Ah, sí? ¡Pues yo soy Heroico y el bueno y me rebota!

¡Ziuuuuu! ¡Piñaaaao! rebotó el rayo.

- ¡Eso no vale, toma! -protestó Maléfico, ya más indignado que frustrado, al tiempo que golpeaba con su espada de palo en la frente a Heroico.
- ¡Aaaaah! ¡Mamáaaaaaa! -dijo Heroico, o sea, Francis, llevándose la mano a la frente hinchada por el golpe con el palo- ¡Ya no tajuntooooooo!

Y así, con la derrota de Heroico, el mal se erigió victorioso en esta ocasión, aunque no por mucho tiempo, ya que la bella Preciosa corroboró lo que el chivato de Heroico había contado a su madre sobre lo sucedido y Maléfico acabó quedándose castigado una semana.

Aunque, una semana después, el sheriff Heroico persiguió por las Rocosas al cuatrero Maléfico, claro que esa es otra historia...
Publicado por MazingEarl @ 8:20 AM  | Mosquitos muertos
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Nrike
lunes, 18 de septiembre de 2006 | 12:44 PM
Lo que nadie sabe de esta historia es que Maléfico, treintaiséis años después, con una hábil OPA hostil y sobornando a dos concejales consiguió amasar una increíble fortuna, para lo cual fue necesario echar a Rey IV, Heroico, y Preciosa de sus respectivas casas a la puta calle...

Al final, el Mal siempre vence...
Publicado por Betote
lunes, 18 de septiembre de 2006 | 1:13 PM
Y cada semana, un cuento distinto :)
Publicado por MazingEarl
lunes, 18 de septiembre de 2006 | 5:03 PM
Bueno, es un futuro. El de Teto es más alegre.

El que yo me imagino es aún más cercano en el tiempo al de Teto. Pienso en un bocadillo de nocilla, un vaso de leche con colacao y los dibujos de los Autos Locos en la tele.
Publicado por yo misma.
lunes, 25 de septiembre de 2006 | 2:27 PM
:D:D:D:y)joer,k gracia,hasta estoy llorando de lo que me reí.Por cierto, el rey ese,me recuerda a alguien llamado Juan Carlos.Besos.