Detuvo el golpe al ver, satisfecho, que su contrincante soltaba el arma y caía de rodillas en gesto de sumisión. Con deliberada lentitud, el soldado de Cristo atravesó la garganta del sarraceno rendido a sus pies. Una victoria en combate más con la que cimentar su gloria.
El infanzón golpeó con su puño blindado el rostro de la mora e inició su faena. Cuando terminó se incorporó, apoyándose en el cuerpo tembloroso y roto y se subió las calzas. Con un gesto indicó al siguiente que era su turno y se volvió a mirar los estandartes, ondeando al viento y a la luz de las llamas. Honor de caballero.
El sargento de armas pasó por encima de otro cadáver, o quizá un moribundo, y vio algo que llamó su atención. Tuvo que sacar su misericordia y cortar el dedo, pero el anillo fue a acompañar al resto del botín, en su bolsa.
En su trono, el heredero de Pedro sonreía tras su copa y recordaba a su corte:
- Dios lo quiere.
- ¡Dios lo quiere! -aulló la Cristiandad.