El Diablo vio a un hombre ambicioso. Soñaba con el poder, ansiaba la anarquía de su capricho, la satisfacción de su codicia, la realización de sus anhelos, el desahogo de su lujuria. Le buscó y le salió al paso.
El hombre ambicioso escuchó al Diablo, pero no era tan ambicioso como para dar al Diablo lo que pensaba que quería.
- Pero si te doy mi alma ¿cómo disfrutaré de mi poder, cómo gozaré de mi deseo, qué haré para disfrutar de mis riquezas? -le preguntó.
- No es tu alma lo que quiero, sino lo que hagas con ella -le respondió el Diablo- Puedes quedarte tu alma. Dios te la ha dado y ni tú puedes dármela ni yo recibirla de tí. Lo que de tí pido es que disfrutes mis dones.
Y el hombre ambicioso pensó que, si iba a tener lo que deseaba sin entregar su alma, aquel era un buen trato, y accedió. Recibió del Diablo el poder de hacer su capricho, de satisfacer su codicia, de alcanzar sus anhelos y desahogar su lujuria.
Y vivió una vida muy larga en la que obtuvo siempre lo que quiso, y cuando saciaba sus deseos, llegaba siempre más allá para crear un apetito que saciar y un día, por fín, como a todo hombre, le llegó su día.
Y en su enorme lecho de plumas y sedas, en soledad, pensó en su vida y recordó su trato. Y se dio cuenta de que no había entregado su alma al Diablo, sino que la había perdido. Y, antes de respirar por última vez, a su vera vio a alguien esperándole.