El raterillo, un chaval, buscaba una presa fácil. Alguna pareja despistada, perdida en humedades y urgencias o algún turista deambolante, superado por la noche de Madrid.
Les localizó al otro lado de la calle, sin poder quitarse las manos de encima. Esos pardillos siempre le hacían gracia. Les desplumaba y no se enteraban y, encima, le daban algo que almacenar en su cerebro, para su uso futuro en soledad.
Se les acercó en silencio, deslizando su cuerpo menudo por entre los arbustos. El Paseo del Prado era su territorio de caza. Se sentía poderoso, acechante. Miraba a las parejas con calma. Mientras él contenía el aliento y se acercaba, ellos compartían alientos y... y, bueno, ya estaban todo lo cerca que querían. Seguramente no todo lo que deseaban, seguro.
Les estudió, interesado, buscando dónde hincar los dientes a su presa. El bolso de la chica. Algo habría. Lo localizó y entonces se preparó... esperando el momento. Se agitaban, recorrían, suspiraban y se susurraban al oído. Las manos de él más que verse, se adivinaban, desvirtuando sus formas... las manos bajaban, el interés del hombre se enfocaba en su tacto, el de la chica en sus sensaciones.
Era el momento.
Estiró la mano hacia el bolso mientras él la exploraba y ella le besaba el cuello... dos palmos, uno, unos dedos y... y ella le miró directamente a los ojos, sonriéndole.
Esos ojos azules, brillantes, vivos, le paralizaron. Se quedó parado como un estúpido, mirando esos ojos y su sonrisa. Sentada a horcajadas sobre su pareja, inmóvil, miraba al ratero, le sonreía con un reguerillo de sangre corriéndole por la comisura de los labios.