Recuerdo cuando jugábamos juntos, cuando estábamos tan unidos que me llevaba con él a todas partes, a todas horas. Siempre, los dos, él y yo. Nos protegíamos en nuestros miedos nocturnos, nos consolábamos cuando el mundo se hacía demasiado amargo. Dos cómplices para todo.
Pero con los años llegaron las eternas esperas. Horas interminables junto a la puerta, nadie a quien abrazar por las noches. Nadie con quien hablar, nadie que me entendiera.
Creció, se hizo mayor, se fue a la universidad y yo me quedé en su viejo cuarto. ¿Quién le esperará cuando vuelva? ¿Quién le hará los deberes? ¿Quién le escuchará cuando proteste por cualquier cosa?
...
Papá y Mamá han venido a buscarme. Ahora él y Susie son Papá y Mamá y él quiere que cuide de su hijo. Nunca me olvidó, mi mejor amigo. Sabía que la espera valdría la pena, que no me había abandonado.
Ya se sabe: los tigres somos así.