jueves, 31 de agosto de 2006
Érase una vez, en un reino más allá del lugar donde se esconde el Sol, que había un príncipe triste que lloraba a la Luna, esperando ver en su espejo la causa de su tristeza.

- ¿Qué te sucede, hijo mío? -le preguntó el Rey- Tienes todo lo que puede desear un joven. ¿Qué es lo que te puede faltar?
- No lo sé, padre. Sólo sé que me falta algo y que mi alma no estará completa hasta que lo descubra y obtenga.

Y el príncipe triste siguió llorando a la luna y recorriendo sobre su corcel las tierras, en busca de aquello que le faltaba.

Pero el rey sufría al ver a su único hijo tan triste y desolado, y su pueblo lloraba al saber que a su príncipe amado le faltaba algo que ellos no podían darle. Así que el rey hizo anunciar que entregaría riquezas y honores a quien pudiera curar a su hijo de su melancolía.

Un día llegó a la corte un noble y dijo al rey:

- Sé qué le falta a vuestro hijo. Es el más atrevido y hábil jinete de esta tierra y de todas las que conocemos, su espada no conoce acero que pueda rivalizar con su brazo al esgrimirla. Lo que vuestro hijo necesita es obtener nuevas victorias allende ultramar, vencer a monstruos y ejércitos y hacer que la gloria le sirva. Dad a vuestro hijo un ejército que yo le guiaré al lugar donde le abandone su tristeza.

Y el rey accedió, y armó un ejército de caballeros y villanos con cien mil lanzas y espadas que relucían al Sol, y el príncipe, al frente del ejército siguió al noble en una armada de mil carabelas. Y al otro lado del mar conquistaron reinos y aniquilaron dragones y el príncipe y sus amigos limpiaron mil y una mazmorras de monstruos y hechiceros. Y después de siete años volvieron al reino.

- ¿Y bien, hijo mío? ¿Has dejado atrás tu tristeza? ¿Has encontrado lo que buscabas?
- No, padre mío. Sólo sé que he guiado a hombres y bestias a su muerte y a derramar sangre ajena a nosotros. Sé que he matado a hombres a quienes no le había llegado su hora y a monstruos que jamás me hubieran hecho mal de no haber ido a sus moradas a provocarles. He encontrado sangre y enemigos, padre, pero aunque no los tenía, no es eso lo que me necesitaba.
- ¿Y la gloria?
- La gloria, padre, no se encuentra en el moribundo que llama a su madre en el barro sangriento del campo de batalla.

Y el príncipe volvió a llorar a la luna.

Un día llegó a la corte un anciano y dijo al rey:

- Sé qué le falta a vuestro hijo. Es hijo de rey y tiene todo lo que le place a su alcance dentro del reino. Todos sus caprichos se le conceden al instante. Lo que vuestro hijo necesita es conocer el hambre y la sed, saber lo que es el cansancio para recuperar el apetito por la vida. Permitid que vuestro hijo me acompañe y le enseñaré la vida del trotamundos para que descubra el valor de todo lo que ahora posee.

Y el rey accedió, y llamó a su hijo y le dijo que siguiera al anciano. El príncipe partió con el anciano llevando solo un hatillo. Y recorrieron los caminos y el reino, y recorrieron otros reinos, subieron montañas, bajaron valles y durmieron en las cañadas y bajo los puentes. Fueron acosados por el hambre y la sed, el frío y el calor. Y después de siete años de vagabundeo el príncipe volvió a la corte.

- ¿Y bien, hijo mío? ¿Has dejado atrás tu tristeza? ¿Has encontrado lo que buscabas?
- No, padre mío. Sólo sé que hay quienes no tienen todo lo que nosotros damos por supuesto. Hay quien no tiene nada que comer cuando tiene hambre y nada que beber cuando tiene sed. Hay quien no tiene por qué reír, a quien no le quedan ni siquiera lágrimas para llorar y quien no tiene ni siquiera un lecho de paja para dormir. El invierno es frío y el verano caluroso, pero hay muchos que no tienen nada que hacer al respecto salvo morir de hambre, de sed, de frío o de calor.
- ¿Y el valor de lo que tienes?
- Nada de lo que tengo tiene valor alguno si no puede tenerlo hasta el último de tus súbditos, padre.

Y el príncipe volvió a llorar a la luna.

Un día llegó a la corte una matrona y dijo al rey:

- Sé qué le falta a vuestro hijo. Es apuesto y todos los reyes del continente y de más allá de los horizontes quieren desposarle con sus hijas, y los suspiros de las doncellas acallan los cascos de su caballo a tu paso. Lo que vuestro hijo necesita es encontrar a la mujer que llene su corazón, a la que amar y que le ame. Esa mujer se encuentra allí donde duerme la luna durante el día, al otro lado del mundo. Es una hermosa y buena princesa atrapada en una torre que se mira en la luna y aguarda a vuestro hijo, pues el uno para el otro es que nacieron. Ella es lo que el príncipe necesita y lo que le falta a su corazón.

Y el rey envió a su hijo al otro lado del mundo, para que encontrara a su princesa. Y el príncipe partió a ultramar, cruzando el océano en una carabela de roble y arribó a las costas donde una vez hizo la guerra. Cruzó campos de trigo y de cebada, atravesó valles y escaló montañas. Y después de siete años de buscar se encontró solo en el camino y aún no había llegado a la torre al otro lado del mundo.

Pero el príncipe, movido por su búsqueda, siguió caminando y durante siete años más pasó hambre y sed, y tembló de frío, se agotó por el calor y lo perdió todo. Pero aún así siguió avanzando y vagando por los caminos, solo, acosado por los elementos, durmiendo en las antiguas mazmorras de los monstruos que un día venció.

Y un día vio un lago de plata, y supo que era allí donde dormía la luna y encontró en medio del lago una torre. Cruzó las aguas de plata a nado y bañado en plata se enfrentó con el guardián en la torre:

- ¿Quién eres, que guardas y encierras aquí a mi princesa?
- ¿Qué princesa es esa de la que hablas, mi señor? Aquí no hay princesas.
- No es posible. ¡Sé que en lo más alto de esta torre se encuentra la que ha de amarme y a la que he de amar!
- Aquí una vez, cierto es, mi señor, hubo una princesa, pero se cansó de esperar a aquel que llamaba con la luna y, por fin, cedió a mis súplicas y peticiones y se casó conmigo. Miradla, ahí la podéis ver, asomada y mirándose en el lago.

Y el príncipe miró el reflejo de la princesa que fue a buscar, la esposa del guardián de la torre y vio a una mujer hermosa de dulce mirada con un niño en brazos y la amó tanto que sólo quiso que fuera feliz.

- Cuídala, guardián, cuídala y hazla feliz. La has guardado durante muchos años: hazlo durante muchos más.

Y el príncipe volvió al reino para encontrar que en su ausencia su padre había muerto de anciano y entonces se casó con una mujer buena a la que no amaba y a la que hizo reina, y aunque había descubierto lo que le faltaba, no fue feliz. Se consolaba mirando a la luna cada noche y sabiendo que su amada estaba con el guardián de la torre, que la amaba.
Publicado por MazingEarl @ 12:00 PM  | Mosquitos muertos
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Comentarios
Publicado por Pryrios
viernes, 01 de septiembre de 2006 | 6:08 PM
Buf, este si me ha llegado. Que triste :_(
Publicado por uno
domingo, 03 de septiembre de 2006 | 1:31 PM
Joer,muy bonito el cuento,no sabía que podías ser tan pastelón....:):5) Sobredosis de azucar,sos,sobredosis de azúcar.
Publicado por uno
martes, 03 de octubre de 2006 | 11:19 AM
Me vas a crear mono de blog cuando me lea todas las entradas... lo sabes no?

Mala persona, un saludo!

Antonio J.


http://anjemalo86.blogspot.com
Publicado por MazingEarl
jueves, 05 de octubre de 2006 | 8:45 AM
Pryrios: no es culpa mía. El elfo me desafió ;-)

Tú misma: joder, siempre he sido un pastel. Amargo y duro a veces, pero pastel.

Antonio: eeehm... no, la verdad es que no lo sé, pero gracias :-)