¿Qué edad tendría? ¿Dieciocho o diecinueve años? Quizá incluso menos. Tenía una cara muy aniñada, llena de pecas. Los labios y los cachetes sonrosados por el frío, el pelo enmarañado y rubio. ¿Los ojos? Creo que eran azules. Es extraño, pero con todo lo que le miré al rostro, no recuerdo de qué color tenía los ojos.
¡Como si eso importara ahora! Fueran del color que fueran, ahora estarán vidriosos, mirando al cielo. Como le dejé. Yaciendo en el fango, sujetando el acero que empujé lentamente, forcejeando, entre sus costillas hasta atravesarle el corazón. Y allí quedó, con la boca manchada de sangre, de la sangre que me arrancó al defenderse con locura, al intentar salvar la vida. Vano intento.
Desde que pasó no me puedo quitar esa expresión de súplica de la mente. Duermo soñando su muerte. El sonido de la hoja al entrar en su carne, al rozar sus huesos, al separarlos abriéndose camino. Y hoy al despertar supe que lo haría de nuevo. Ahora, mientras espero, sé con hasta la última fibra de mi ser, en hasta el último rincón de mi alma que lo volveré a hacer, porque aunque sueñe, quiero poder volver a dormir.
Me preparo para ello. Sujeto con fuerza mi fusil y, al sonar el silbato, abandono la trinchera cargando hombro con hombro junto a mis compañeros. Para todos es matar o ser muertos.