El público, la masa, espera expectante, ansiosa. Las mujeres, nerviosas, comparten los últimos chismorreos mientras esperan. Los hombres hacen comentarios sobre sus trabajos, sobre la última conquista de este o aquel, sobre el tiempo. ¿Lloverá no lloverá? El cielo parece que amenaza agua... los niños, algunos encaramados donde pueden, para poder ver el espectáculo, otros sobre los hombros de sus padres. Hay un par, más atrevidos, que se han acercado y me miran con curiosidad, desde abajo.
Sí, es cierto que amenaza lluvia. Todos me miran en algún momento. ¡Ahora me miráis, esperando el espectáculo! ¡Ahora! Y luego, cuando nos encontremos por la calle me rehuiréis y despreciaréis. Pero ahora, ahora soy el blanco de todas las miradas. ¿Y el otro? Al otro le daréis todo vuestro entusiasmo, es por él que habéis venido. Es a él a quien esperáis, la muchedumbre esperando a dos hombres que les alegren el día.
Ahí llega. La muchedumbre enloquece. Gritan, aúllan. Se acerca altivo y orgulloso. Gira su cabeza en mi dirección, cruzamos nuestras miradas. Sus ojos me desafían. Sí, álzate lo que quieras, disfruta tu momento, tu gloria, disfrútalo, goza de este público que ahora grita por tí. Yo reiré el último.
Sube sin perder pie. El juez habla con él. No lo escucho. Estoy atento a mí mismo, a lo que voy a hacer. Seré, como siempre, certero. Terminan de hablar y me sigue mirando.
Termina rápido. Se agacha sin temor y golpeo con rapidez, donde debo. El juez toma la cabeza de los cabellos y la alza, exhibiéndola ante la multitud.
Que, de nuevo, me olvida y aclama a la cabeza, quien se lleva todo el protagonismo.