No sé muy bien dónde me encontraba. Era un lugar extraño, desconocido aunque de alguna manera, familiar. No era el portal del pájaro, ni tampoco la sábana de los mosquitos. Era un lugar sin paredes, ni suelo, ni tampoco techo. No había horizontes en la lejanía, ni un cielo o bóveda sobre mí, no existía un cielo estrellado, ni una oscuridad infinita. Bajo mí no había abismos ni caídas eternas. Era simplemente un lugar. Un lugar ambarino. No, no era ámbar, sino dorado. Era un color dorado bañado por una luz del color del bronce bruñido. Una luz que no provenía de ningún sitio.
Aquel lugar era una esfera sin serlo, sólo porque yo no sabía qué forma reconocerle, y sólo porque no tenía una forma que mi mente finita pudiera darle a un lugar que, por infinito, realmente no era un lugar. Si sé lo que era. Aquel lugar era un punto de partida, era un lugar donde unos se despedían y otros decíamos adios.
No estaba solo. En aquel lugar había otros junto a mí. No sabía quiénes ni cuántos eran ni les veía, ni les oía, pero no les temía ni me preocupaba que estuvieran allí porque sabía que les conocía y les quería. Y que ellos me conocían y me querían, aunque no me veían ni me oían, ni sabían quién era yo. No sabía que eran dos, pero sí que éramos tres.
Son cosas que, simplemente, sabes sin saber por qué ni cómo, y las das por naturales porque pensar en motivos mata al conocimiento y la tranquilidad de tenerlo.
Y además, estaba él. Estaba allí en pie, con la cazadora que se ponía para salir y alguna de sus eternas gorras que recuerdo desde que era un niño, mirándonos y despidiéndose. No puedo recordar lo que me decía, pero nos lo decía a todos, a los que estábamos allí, a los tres que no sabíamos que éramos tres, aunque yo sí lo sabía. Nos lo decía con la mirada, con los ojos, con su sonrisa, con su sencillo y cariñoso ser. Se había detenido. Iba a algún lugar, pero antes de irse, se detuvo, se giró y se despidió de nosotros. Era un momento de amor, de amor de sangre.
Un timbre me despertó. Era el teléfono. Me senté en la cama mientras mi padre contestaba. El teléfono en medio de la noche.
- Tu abuelo, ha muerto.
- Sí, ya lo sé.