martes, 29 de agosto de 2006
No sé muy bien dónde me encontraba. Era un lugar extraño, desconocido aunque de alguna manera, familiar. No era el portal del pájaro, ni tampoco la sábana de los mosquitos. Era un lugar sin paredes, ni suelo, ni tampoco techo. No había horizontes en la lejanía, ni un cielo o bóveda sobre mí, no existía un cielo estrellado, ni una oscuridad infinita. Bajo mí no había abismos ni caídas eternas. Era simplemente un lugar. Un lugar ambarino. No, no era ámbar, sino dorado. Era un color dorado bañado por una luz del color del bronce bruñido. Una luz que no provenía de ningún sitio.

Aquel lugar era una esfera sin serlo, sólo porque yo no sabía qué forma reconocerle, y sólo porque no tenía una forma que mi mente finita pudiera darle a un lugar que, por infinito, realmente no era un lugar. Si sé lo que era. Aquel lugar era un punto de partida, era un lugar donde unos se despedían y otros decíamos adios.

No estaba solo. En aquel lugar había otros junto a mí. No sabía quiénes ni cuántos eran ni les veía, ni les oía, pero no les temía ni me preocupaba que estuvieran allí porque sabía que les conocía y les quería. Y que ellos me conocían y me querían, aunque no me veían ni me oían, ni sabían quién era yo. No sabía que eran dos, pero sí que éramos tres.

Son cosas que, simplemente, sabes sin saber por qué ni cómo, y las das por naturales porque pensar en motivos mata al conocimiento y la tranquilidad de tenerlo.

Y además, estaba él. Estaba allí en pie, con la cazadora que se ponía para salir y alguna de sus eternas gorras que recuerdo desde que era un niño, mirándonos y despidiéndose. No puedo recordar lo que me decía, pero nos lo decía a todos, a los que estábamos allí, a los tres que no sabíamos que éramos tres, aunque yo sí lo sabía. Nos lo decía con la mirada, con los ojos, con su sonrisa, con su sencillo y cariñoso ser. Se había detenido. Iba a algún lugar, pero antes de irse, se detuvo, se giró y se despidió de nosotros. Era un momento de amor, de amor de sangre.

Un timbre me despertó. Era el teléfono. Me senté en la cama mientras mi padre contestaba. El teléfono en medio de la noche.

- Tu abuelo, ha muerto.
- Sí, ya lo sé.
Publicado por MazingEarl @ 10:08 AM  | Mosquitos muertos
Comentarios (5)  | Enviar
Comentarios
Publicado por EDWARF
martes, 29 de agosto de 2006 | 12:23 PM
Mala pluma no tienes... Me ha gustado mucho. Aunque este blog empieza a parecerse al de Teto...

Anda, actualiza algo de HackRite
Publicado por Earl
martes, 29 de agosto de 2006 | 1:10 PM
La verdad es que cada día escribo algo que me apetece escribir, cuando me apetece :-) El de Teto es más... no sé, está mejor escrito :-/ Lo mío es prosa de todo a cien :-)

HackRite. Estoy en ello, pero no voy a subir nada hasta que no lo cierre. Actualmente, como ya dije en la última entrada de HackRite, estoy aún con los poderes de sangre, que me resultan bastante tediosos de hachear :-S
Publicado por Betote
martes, 29 de agosto de 2006 | 2:26 PM
¡Coño, pues sí es verdad que te estás pareciendo a mí! Tienes que follar más, a ver si quieres terminar cantando 'La mandanga' en un bar de Lavapiés :D
Publicado por Pryrios
martes, 29 de agosto de 2006 | 8:09 PM
Qué líricos que estais todos últimamente. Venga va, voy a escribir yo también algo y lo colgaré en mi blog, para hermanarme con todos :-/
Publicado por zidair
miércoles, 30 de agosto de 2006 | 8:12 AM
No creo que se parezca a ti, Beto. Te recuerdo más bajito. xDD

Muy bueno Earl. :-)