Aquí estoy, poniendo un ladrillo tras otro. Es tedioso, es aburrido, pero de alguna manera hacer esto mantiene mi mente ocupada. Si consigo olvidarme de los gritos, claro.
Si no fuera porque pienso en la rutina, en el ladrillo, la masa, los golpecitos, asentarlo, alinearlo y vuelta a coger otro ladrillo, y otra vez un poco más de masa que hace falta... si no fuera por esta rutina, no aguantaría los gritos y acabaría perdiendo la cabeza. Como ellos, supongo. Claro, nunca se me había ocurrido pensarlo. ¿Cuándo dejan de gritar? ¿Y luego?
Otra hilera. Parto un ladrillo, para que encaje. Ahora sí, ahora se ha acabado esta hilera. ¿Cuántas más me quedan? Entre seis u ocho, no lo sé. Nunca se me ha dado bien calcularlas. Siempre me sobran o faltan ladrillos y tengo que hacer un apaño con los trozos que he partido para las hileras anteriores. Y entonces los gritos empeoran y tengo que hacer algo para distraerme de ellos. O canto, o silbo, o hablo con ellos. Qué fastidio. Con lo que bien que lo haría sin los gritos.
Y vuelta a empezar. Masa, ladrillo, lo encajo y masa. Otro ladrillo, golpes secos ¿encaja? sí, bien. Masa, otro ladrillo. ¿No se cansan de gritar? Siempre gritan lo mismo, siempre lo mismo. Todos lo mismo. Si por lo menos cambiaran, si alguno gritara algo distinto, quizá entonces...
No. Si gritaran algo distinto no me lograría abstraer tan fácilmente y me distrerían, y entonces los ladrillos no quedarían bien y las hileras a lo peor quedaría torcidas. Y al patrón no le gusta que queden torcidas.
Ahí estamos. Dos hileras, creo. Dos hileras y termino. Ahora es peor. Ahora es cuando grita más y, cuando al poner los ladrillos, les veo mirarme desde el otro lado. Tiran, forcejean, se despellejan las muñecas tirando de sus grilletes y me gritan, me suplican que no ponga más ladrillos, me ruegan que no siga, que pare, que no ponga otra hilera. Juran que han aprendido la lección, juran que no volverán a hacer lo que fuera que hubieran hecho para que el patrón me mandara aquí, a levantar otra pared.
Cuando termino, sigo oyendo los gritos y aunque haya salido de la cripta, siempre los oigo.