martes, 08 de agosto de 2006
Hay días en que me gusta salir a la calle. Las más, salgo y simplemente estoy, como todo el mundo. Soy uno más que se mueve por la acera o cruza las calles, que va a comprar o a hacer lo que quiera que hagamos los números vivos. Concretamente, yo soy el que lee mientras camina.

Pero hay veces en que estoy ¿perceptivo? y realmente veo lo que hay a mi alrededor. Entonces es cuando me maravillo con los distintos tonos de verde que puede tener un árbol, y miro al cielo y me parece que es una bóveda y que no está tanto ahí arriba como a nuestro alrededor. El otro día vi un ave. No sé cuál es, no soy ornitólogo. Para mí hay pájaros pequeños y pájaros grandes, pájaros de comer y pájaros de mirar. Era ese ave tan común en los parques de Madrid. Negra, con manchas blancas en las alas. Estuve un buen rato mirándola, mientras daba saltitos por la hierba del parque. Se me ocurrió que la hierba debía hacerle cosquillas en la panza, porque no paraba quieta, moviendo la cabeza de un lado a otro, entre salto y salto. Movía la cabeza como lo hacen los pájaros, como con espasmos. Como si le dieran calambres, o escalofríos.

Y, antes de ayer, el domingo, fui a Sol. Mientras esperaba vi a un señor mayor sentado. Había puesto una chaqueta, o un pazo sobre un mojón para sentarse sobre él, y tenía varios bastones en la mano. Supuse que trataría de venderlos. Las cabezas de los bastones estaban talladas a mano. Eran graciosas cabecitas de animales. Perros, gatos,... también había un pájaro -supongo que de los de mirar. Los bastones en sí eran... bueno, al menos un par eran palos de escoba. Eso me deprimió.

El señor, el artesano, se estaba preparando para empezar otra talla. Se quitó la gorra, apoyó su bolsa en sus piernas y con la gorra cubrió las cabezas de los bastones. Se apoyó sobre ella y cogió un pedazo de madera y su navajita.

Ojalá pudiera decir que vi cómo sus manos ágiles sacaban una figura de la madera mientras caían virutas en la acera de la Puerta del Sol. Pero no.

Lo único que puedo decir es que el momento pasó, que dejé de ver, que me convertí en uno más de tantos caminantes insensibles, cada uno a lo que los números vivos hacen y que me fui, y que dejé atrás al artesano, al artista. Supongo que queriendo vender sus bastones en Sol, un domingo por la noche.
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