martes, 01 de agosto de 2006
Estaba pensando que, para paciencia, la que tenemos los usuarios de Metro Madrid (¡"Mejor en Metro"!).

Si me permitís el chiste fácil, casi prefiero el sistema imperial (¡ratamplan chán!)

Llega el vagón de ganado y haces un rápido examen. Evalúas en cuál podrías meterte, aunque fuera encogiendo las pelotas, metiendo la tripa y aplastando brazos y manos para poder convertirte en el gusano que Metro da por supuesto que eres. Así ocupas menos.

Hace calor, y sudas. Y suda el de al lado, y la de al lado, y el cuerpo que te aprisiona por tu derecha, los dos que te empujan desde atrás y los de tu frente e izquierda, que te sirven de apoyo.

Desde que tuve el "accidente" tengo la pierna hecha una mierda, así que no es divertido hacer equilibrios sin poder agarrarme a nada. Y es que las barras son caras. ¿Para qué poner más barras? ¿Para que la gente se pueda agarrar? ¡Qué desperdicio! Que hagan equilibrio, que se apoyen unos en otros, ¡que entren tantos que no haya espacio ni para perder el equilibrio!

Hoy, de hecho, hubo un momento en el que perdí pie. Estaba intentando poner mis apéndices inferiores en la misma vertical que el tronco y tropecé con algo que espero fuera el pie y no el cadáver abandonado de alguien. Zas. Ahí la liamos. El pie (el mío) perdió contacto con el suelo, la masa ("¿va a salir? ¿va a salir?" ¡Claro que voy a salir, coño, joder, cuando me toque, pero mientras espérate a que lleguemos a la puta estación para empezar a agobiarte!) me arrastró. Como no puedo evitar que mi otro pie esté unido al resto de mi cuerpo por la pierna, éste siguió a todo mi ser en el trayecto. Así que, durante unos segundos y antes de empezar a escurrirme hacia abajo (hace calor, y sudas. Y suda el de al lado, y la de al lado, y el cuerpo que te aprisiona por tu derecha, los dos que te empujan desde atrás y los de tu frente e izquierda, que te sirven de apoyo... y el sudor resbala), durante unos ¿segundos? ¿minutos? (¿horas? el tiempo en Metro de Madrid no es como en el mundo real. Las dimensiones no son como en el mundo real...) existí como un mágico ser ingrávido que flotaba en el espacio del éter sudoroso del Gran Gusano de Hierro.

Luego ya la gravedad y yo lo hablamos, arreglamos nuestras diferencias y volvimos a juntarnos. El segundo pie tocó el suelo más o menos a cuerpo y medio a mi izquierda. Lo que quiere decir que me había desplazado y rotado sobre mi eje vertical más o menos un cuerpo, y mi pie, medio cuerpo. La situación mejoraba, pero tenía visos e empeorar si no hacía algo, y pronto. Mi verticalidad amenazaba convertirse en horizontalidad pisoteada. ¿Sería mi destino convertirme en algo con lo que tropezara otro desgraciado?

Me rehíce. No podía permitir que ni el pánico ni la situación me dominaran. Si normalmente procuro no molestar a mis compañeros de infortunio, no encontré más salida que olvidarme de mis buenas intenciones, del Buen Rollo, por unos momentos. Sólo lo justo para sobrevivir.

Me expandí. No me puse verde (algo púrpura sí, por aquello de la falta de oxígeno), pero no hubiera estado de más. Lo primero: saqué tripa. Cuando, elástica, volvió a su tamaño natural tras haberse sobreextendido, aproveché los escasos centímetros que gané para mover mis brazos al frente, unir los codos y mover hacia arriba mis antebrazos. ¡El brazo izquierdo estaba atrapado! Mis reflejos de combate urbano, desarrollados tras años de sobrevivir como forastero en la jungla madrileña, no perdieron ni un segundo. Lancé la pierna derecha, que aún estaba en el aire, hacia delante. Toqué algo blando con la rodilla. Blando y redondito, me pareció percibir. Un gemido agónico me dijo lo que necesitaba saber: si el dueño de la desconocida entrepierna retrocedía, habría ganado espacio y tiempo. Sólo el tiempo justo que la masa humana necesitaba para inundar el hueco (que, ya se sabe que en estos entornos adquiere propiedades afines a los fluídos), pero suficiente para ganar pie. Si, por el contrario, el objetivo que había ehm... tocado, era una mujer o, si era un hombre, se encogía agarrándose la parte golpeada... entonces estaba perdido.

Pero tuve suerte y retrocedió.

Una vez gané pie, lo demás era relativamente sencillo: me sujeté con un brazo (ya libre) a un bolso, correa, coleta, melena o lo que hubiera a tiro. Y el otro brazo, estirándose, logró enganchar el dedo corazón a una barra. Con cuatro de mis extremidades, aunque precariamente, sujetas, pude recuperar la verticalidad.

Justo a tiempo de llegar a la parada anterior a la mía, donde el vagón quedó medio vacío y pude hacerme con un hueco para sujetar ¡tres! dedos a la barra.
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